La esclavitud del propio ser

Imagina tener que despertar todos los días temprano y pensar en liberar de tu cuerpo todas esas sustancias que ya no necesita. Tu estomago se retuerce y ya no puedes volver a conciliar el sueño.

Al ver la mano sosteniendo la correa, no sabes porqué, pero estás ansioso por salir, piensas en todos esos lugares que has conocido y que hoy será un día más en que podrás pasar sobre ellos y saber si alguien más los ha visitado, sintiendo unos celos propios de tu naturaleza, pues tú llegaste ahí primero.

Una vez cumplida esa tarea, después de un gran alivio, y todas las reseñalizaciones pertinentes, lo tienes todo solucionado, inmediatamente imaginas la comida del día de hoy (que seguro es lo mismo que ayer), seguido de una buena siesta, levantarte para saludar a la mano que lo hace todo posible y así estará tu día completo.

¡Es la buena vida! La única responsabilidad que tienes, es hacer lo mismo todos los días y siendo siempre dirigido por tu amo, es el sueño hecho realidad.

Hiciste lo mismo innumerables ocasiones, el tiempo permanece igual, no puedes distinguir si es ayer, hoy o mañana. Eres incapaz de preguntarte qué rumbo tomará tu dueño, tu cabeza mira al cielo sólo para suplicar por caricias de esa mano dura, pues sabes que no sirve únicamente para castigar.

Es muy fácil, mueves la cola incontrolablemente para indicarle a los demás que estás feliz, que quieres jugar y no hacer otra cosa.

Un día, tu amo decidió cambiarse de ciudad y por supuesto que te llevó con él; al principio puedes percibir un olor distinto, pero da lo mismo; las actividades durante el día no cambian, aunque los lugares que con tanto esmero has marcado, han desaparecido, no los vuelves a ver jamás.

En ese momento tus tripas se amalgaman con miedo e inmediatamente te invade la desesperación por salir, una nueva calle gris con ambiente maligno te espera, tú sólo quieres descubrir qué es lo que huele tan distinto.

Pero tranquilo, no hay ningún problema, tardaste dos días en llenar de orín lugares que estás seguro que siempre debieron de pertenecerte.

Muy bien, ahora, ¿Qué sigue?.

No puede ser que esto sea todo. ¿Tan simple ha sido ésta, tu vida imaginaria?

Nunca tuviste elección, pero no sabías lo que eras. Eras un pobre perro maltratado, que trataba de apropiarse de cosas que nunca iban a ser suyas, ni siquiera tu propia vida. En menos de un día, cambió totalmente y nadie te pidió permiso.

Apostaría mis grandes ahorros de estudiante que al estar delante de un espejo hubieses creído haberte posicionado frente a otro ser, un imitador perfecto, eras irreconocible.

Pero un día pudiste elegir, al final de tu vida perruna, llegaste con Él, te hizo notar la inutilidad que el mundo que con tanto animo exploraste te había dado. Él te dio la opción de siempre tener opciones.

Un día, habrás renacido en hombre, y ese día por primera vez algo te pertenecerá.

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