Webern, Kelsen y Wittgenstein.

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Imagen1Los tres nacidos dentro de los márgenes del imperio Austro-Húngaro, genios y revolucionarios en sus campos vitales: Anton Webern logró en la música las primeras obras dodecafónicas, Hans Kelsen formalizó la comprensión del Derecho a través de una teoría pura y Ludwig Wittgenstein redujo los problemas de la epistemología a una cuestión de lenguaje.

En los tres casos –que coinciden en el tiempo– se puede intuir una especial atmósfera intelectual que inspiró sus evoluciones, pues en ellos improntas tales como método, forma y estructura mínima son compartidas: Primero bajo el atonalismo y luego mediante la composición dodecafónica, Webern construyó las piezas de mayor compresión y brevedad (contrastadas con la extrema profundidad de su contenido) hasta ese momento conocidas en la Historia de la música, la que desde entonces ha quedado dividida en antes y después de él.  Enseñas de su pensamiento musical son la eliminación de cualquier elemento retórico u ornamental en la composición, de modo que la música acaba siendo sólo eso: sonido expresado a través de la progresión de los tonos que la configuran. Cierto es que se suele afirmar que fue Arnold Schönberg –su maestro– quien desarrolló el método dodecafónico, pero eso es materia de otro debate. Baste aclarar que la primera obra musical compuesta mediante la exposición de los doce tonos sin repetir alguno de ellos en la misma serie (aunque no fuese enteramente consciente del método) le corresponde, en autoría, a Anton Webern… Schönberg tuvo la habilidad de sistematizar y poner por escrito tal método de composición.

Kelsen por su parte, habiendo abrevado en las aguas del neokantismo y estudiado el pensamiento de Rudolf Stammler, concretó un sistema lógico comprensivo del Derecho mediante su formalización: El Derecho es la forma para cualquier contenido; luego, se trata de un aparato sistémico que excluye del diseño y en su eficacia dinámica cualquier contaminación ideológica, sea esta política, moral o religiosa. La pureza de la norma jurídica radica, justamente, en su neutralidad axiológica. Bajo esta premisa no cabe predicar la justicia o injusticia de un sistema jurídico dado, sino solamente inquirir sobre su validez, la cual –dicho sea de paso– se afirma a través de la confirmación de coherencia formal de sus normas respecto de la fundamental hipotética… Esa que nosotros llamamos (quizá equivocadamente) Constitución Política y que después de Kelsen algunos –como Verdross– imaginaron aún como norma fundante del Derecho Internacional. El pensamiento kelseniano trata pues, de la eliminación de todas aquellas cosas que no son Derecho fuera del Derecho mismo, incluyendo –cabe insistir– la noción de justicia, la cual –fuera del orden normativo formal– queda relegada al campo de la subjetividad:

He empezado este ensayo preguntándome qué es la Justicia. Ahora, al concluirlo, sé que no he respondido a la pregunta. Lo único que puede salvarme aquí es la compañía. Hubiera sido vano por mi parte pretender que yo iba a triunfar allí donde los más ilustres pensadores han fracasado. Verdaderamente, no sé ni puedo afirmar qué es la Justicia, la Justicia absoluta que la humanidad ansía alcanzar. Sólo puedo estar de acuerdo en que existe una Justicia relativa y puedo afirmar qué es la Justicia para mí. Dado que la Ciencia es mi profesión y, por tanto, lo más importante en mi vida, la Justicia, para mí, se da en aquel orden social bajo cuya protección puede progresar la búsqueda de la verdad. Mi Justicia, en definitiva, es la de la libertad, la de la paz; la Justicia de la democracia, la de la tolerancia.”

(Hans Kelsen. ¿Qué es la justicia? Editorial Ariel. Barcelona, 1991. Traducción de Albert Calsamiglia)

Finalmente, Wittgenstein –sobre todo en su primera época, la del Tractatus Logico-Philosophicus– estableció una esencial limitación al uso del lenguaje, que sólo y únicamente sirve para describir el mundo y nada más… Los objetos de la ética y la estética integran aquellos de los que no puede hablarse, pues están fuera del conjunto de casos que es el mundo… Hay que callar (pues el lenguaje como herramienta del conocimiento científico no permite ir más allá) respecto de todo aquello que se encuentre fuera del mundo predicable a través de la palabra:

“6.53 – El método correcto de la filosofía sería propiamente éste: no decir nada más que lo que se puede decir, o sea, proposiciones de la ciencia natural –o sea, algo que nada tiene que ver con la filosofía–, y entonces, cuantas veces alguien quisiera decir algo metafísico, probarle que en sus proposiciones no había dado significado a ciertos signos. Este método le resultaría insatisfactorio –no tendría el sentimiento de que le enseñábamos filosofía–, pero sería el único estrictamente correcto.

7 – De lo que no se puede hablar hay que callar.”

(Ludwig Wittgenstein. Tractatus Logico-Philosophicus. Ediciones Altaya. Barcelona, 1994. Traducción de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera.)

Tal noción del límite semántico coincide –en su ámbito– con el concepto de pureza jurídica y quizá también con la idea que se funda, para la composición, en la mera estructura de las series musicales: Sólo sonido, sólo forma jurídica, sólo lenguaje…

Después del Anschluss de 1938, la obra de Webern fue declarada decadente por el nazismo y al terminar la guerra, fue asesinado (en su casa de Mittersill) por un soldado del ejército norteamericano de ocupación.

Kelsen hubo de emigrar, por causa de la protervia nazi, primero a Suiza y luego a los Estados Unidos de América, donde fue profesor en las Universidades de Harvard y Berkeley.

Wittgenstein no sufrió la urgencia de abandonar Austria, pues para entonces ya era –a instancias de Bertrand Russell– profesor de filosofía en la Universidad de Cambridge.

¿Mera coincidencia entre productos individuales de personas que seguramente no se conocieron? ¿Simples resultados de una comunidad intelectual-ambiental vigente en el tiempo y en el espacio?

Sea cual sea la respuesta, lo cierto es que los tres casos han de ser reconocidos como inobjetables hitos en la evolución del pensamiento contemporáneo.

– Javier Paz

Profesor titular de Introducción al Derecho penal y Teoría de delito en la Universidad Panamericana.

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