Tierra Dorada

Cuauhtémoc, población que recibió su nombre recordando al último emperador Azteca, al que sacrificó su piel guardando el gran secreto. La razón del nombre le hace recordar a la gente que se busca una esperanza para que desde las profundidades de la tierra surja una esencia de riqueza, que sea el combustible para que los recién nacidos sean los reconstructores del pasado. Nadie sabe de dónde vino aquella epidemia que devastó el lugar, dejándolo como lo conocemos hoy, pueblo dominado por la naturaleza.

En esta tierra, a pesar de su actual apariencia, hubo progreso cuando las primeras familias convivían en razón del comercio, se expresaban a través del cacao y de aquella fruta amarilla con distinguible sabor, los animales se multiplicaban sin ninguna complicación, los años parecían meses y los meses días. Era la civilización del dominio, enemiga de pueblos débiles.

Son las inmediatas relaciones vecinales las que de pronto corrompieron el gran sistema natural. De repente cada uno de esos hombres hechos de harina no soportaban que las tierras del otro fueran más verdes, los animales más gordos y que tuvieran mayor descendencia. Fueron esos individuos de tierras lejanas, que con sus bebidas de agua turbia, cambiaron la finalidad de su ser, esta enfermedad era sorprendente, su piel podría ser blanca como la sal de nuestros mares, pero sus corazones lo único que bombeaban era agua sucia.

En este punto se empezó a perder de vista la actividad colectiva dirigida a la virtud, las mujeres marrones empezaron a ver hacia sus pies, sólo podían ver su dolor en el trabajo, el ayer ya no era cercano, ahora se distinguían las horas del día en cada rincón de la piel.

La relación con la naturaleza se extinguió, la tierra sólo servía para sembrar el dinero y cambiarlo por unas piedras que, con el fuego, las volvían objetos circulares, pues el que tuviera más de éstas, podría hacer que sus decisiones fueran la ley, las primeras obligaciones para todos, el primer síntoma del mal, la esclavitud y creencia de superioridad humana.

Ya no habían reuniones para agradecer el flujo de vida por la tierra húmeda, ahora la vida estaba en el cielo, más allá de las nubes cargadas de agua, más allá del sol, era una vida que unificaba la ferocidad de las fieras felinas y rastreras con el poder de la luz y la oscuridad.

Las celebraciones de cada primer día se volvieron las del último, de una manera extraña la gente se arrodillaba para pedir más terreno, más hijos y menos tristezas.

Con el tiempo, los ojos de los primeros se quemaron con el sol, los de los nuevos conquistadores permanecieron azules, incluso si miraban al cielo despejado, no podían mantener los párpados separados, era como si la vida del cielo los castigara.

Después que los meses se nombraron, fue un Martes cuando el campo se hizo mar, el mar se hizo fuego y cayeron plumas del cielo, condenando a cada hombre enfermo a volverse ceniza y a cada hombre moreno a hundirse en el agua que lo vio nacer.

Al quinto día el agua regresó al océano, el fuego al sol y las plumas regresaron a las aves, quedando solamente el material dorado por el que todos aquellos enfermos hubieran vivido.

Ojalá algún día emerja la ceniza, para volverse lodo, de la planta y el tallo, vendrá ella, la más preciosa vida. Que poco durará, pero ah que gran esplendor tendrá, estoy seguro que todos volverían a morir cuantas veces sea necesario para regresar a ser flor.

Es por eso que hay flores llenas de petalos como el girasol, no tiene caso tanto esplendor si por dentro es sólo una semilla cualquiera.

Cuauhtemoc sí habló, pero no pudieron entender que estaban situados en aquella ciudad, que ese lodo y esa agua eran vida y que el verdadero oro estaba bajo la piel de todos, no en la piedra que al arrojarla no regresa, al quemarla no llora y al desearla esclaviza.

-elhund

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