Diarios de Motocicleta (Parte 2)

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La aventura continúa…

Llevaba ya algunos meses manejando la Harley, salidas cortas a Tres Marías a desayunar o a tomar un café los domingos, pero un día mi papá me comentó que él y sus amigos estaban planeando un viaje a Las Vegas, donde rentarían motocicletas BMW R1200 GS para recorrer varios lugares, entre ellos el Gran Cañón; quería que lo acompañara como su copiloto, mi experiencia no era la suficiente para poder rentar y llevar una motocicleta solo.

Al principio dudé, ya que la fecha del viaje estaba muy cerca de mis exámenes finales, pensé unos días pero después decidí jugármela y decir que sí.

A los pocos días de decir que sí, mi papá me enseñó una presentación donde se mostraba todo el recorrido que haríamos, los hoteles donde dormiríamos al igual que fotos icónicas de los lugares que serían visitados; debo admitir que no estaba tan emocionado por el hecho de ir como copiloto y no manejando una motocicleta.

Me di cuenta que no contaba con equipo alguno para poder realizar el viaje, las veces que me había subido a la motocicleta había utilizado unas botas baratas que compramos en lo que me compraba unas de mejor calidad, utilizaba un casco de mi papá que me apretaba la cabeza y me explotaba de dolor, y también unos jeans comunes. Mi papá me dijo que sería sencillo, llegando a Las Vegas, antes de recoger las motos, iríamos a un “Cycle Gear”, una tienda enorme donde puedes encontrar todo tipo de equipo de motocicleta.

Siempre me ha gustado mucho volar en avión, la emoción de ir de viaje es inigualable por lo que me fue muy bien en el vuelo; ya llevaba preparada una lista de música en mi celular para cuando estuviéramos en la moto pero la fui perfeccionando en el avión, también llevábamos los intercomunicadores, sólo era cuestión de conectarlo al casco que compraríamos en Las Vegas.

Al llegar a Las Vegas me emocioné, nunca había visitado la ciudad y ver tantas luces y la gente andando en las calles con tan buena actitud fue una sensación bastante buena.

La primera parada fue dejar las maletas en el hotel para poder ir a Cycle Gear y después recoger las motos.

Llegando a la tienda nos tardamos más de lo planeado comprando ya que varias cosas que había visto en internet no estaban disponibles, pero al final pudimos llegar a tiempo a la agencia BMW a recoger las motos.

Llegando a la agencia las motocicletas ya estaban casi listas, sólo había que llenar papeleo, subir las maletas, llenar los top cases, montar las bases para los GPS y los celulares. Después de unas horas regresamos al hotel en las motos para descansar y partir al siguiente día, lo primero que noté fue la potencia con la que contaba el modelo 1200 de BMW, con dos personas pesadas como mi papá y yo encima de ella aún lograba desarrollar perfectamente al momento de acelerar, se movía como un ave en la carretera y se sentía una seguridad enorme al tomar cada curva.

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Al siguiente día mi papá y yo nos dimos cuenta que algo andaba mal, habíamos olvidado el cable para poder cargar la batería de los intercomunicadores en mi casco por lo que tendríamos que ir sin hablar en los trayectos arriba de la moto, normalmente los trayectos eran de 4 o 5 horas diarias, después de darnos cuenta de eso decidimos darle vuelta a la hoja e iniciar el viaje.

El primer trayecto me pareció corto, rodamos hasta Flagstaff, un pueblo con neblina y mucho frio que parecía salido de una película, llegamos hambrientos después del viaje y encontramos un lugar de pizzas para cenar bastante bueno, todavía no logro descifrar si las pizzas estaban excelentes o era el hambre.

Al siguiente día rodamos hacia Hoover Dam, estacionamos las motos y decidimos entrar al museo pero nos negaron la entrada porque mi papá y yo traíamos un paquete de nueces con arándanos que habíamos hecho para los momentos donde nos diera hambre, nos comentaron que no podíamos ingresar con eso al museo y decidimos no entrar por la pereza de regresar hasta las motos y dejar la mochila.

El siguiente paso fue recorrer la Ruta 66, visitamos un museo y decidimos parar a comer en un restaurante que parecía haber salido directamente de los años 60, comimos hamburguesas y tomamos root beer, el hambre se multiplica cuando pasas tanto tiempo arriba de una moto.

“Poco a poco la carretera me estaba cambiando, ya no me sentía yo mismo, comunicándome solo con señas con mi papa y a solas con mis pensamientos por 4 o 5 horas, admirando el paisaje, sintiendo la brisa, pasaron por mi mente mil y un pensamientos, reflexiones, experiencias, recuerdos, sueños, pero al final todos esos pensamientos se convirtieron en momentos agradables, donde me sentí en paz y pude encontrarme a mi mismo, la carretera y la moto habían logrado su objetivo, me habían cambiado.”

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Continuamos a Sedona, una ciudad en Arizona, puedo decir que recorrimos las carreteras más bonitas que he visto, llegamos a un tramo lleno de curvas, del otro lado podías ver árboles de color verde intenso, tuvimos que bajar la velocidad en las curvas ya que eran muy cerradas lo que te permitía admirar más el paisaje.

De pronto, nos dimos cuenta que la última salida que habíamos tomado no era la correcta por lo que tuvimos que dar vuelta en U en una calle que subía, justo cuando íbamos a dar vuelta a la derecho para tomar el camino correcto, un coche se acercaba por lo que tuvimos que frenar y quedamos en una pendiente, la moto se empezó a ir de lado y mi papa no aguantó el peso, solo escuché como dijo ¡Se me esta cayendo la moto bájate a empujarla!, el logró aguantar el peso lo suficiente para que yo pudiera bajar, empujar y poner la motocicleta recta, fue el único percance que tuvimos en todo el viaje.

El siguiente punto a visitar y el más importante fue el Monument Valley, un valle que se encuentra dentro de la reserva de los nativos navajo, logramos conseguir una reservación para el hotel “The View” que es el único que se encuentra dentro de este valle, el hotel era muy “tribal”, contaba con tótems, bancas de madera, los cuartos eran muy rústicos pero la vista era algo impresionante.

Desde el cuarto podíamos ver todas las formaciones de mesa gigantes, era un área con una extensión enorme, de noche se escuchaba un silencio muy peculiar, un silencio que incluso en algunos momentos te recorría el cuerpo, las estrellas se podían ver más claras que nunca, era como un mundo a parte, un lugar que sólo puedes visitar en sueños, no podía dejar de sentir miedo, miedo a lo desconocido, me preguntaba varias veces que habría más allá de esas formaciones gigantes donde no se podía ver ni una pizca de luz.

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Lo único malo del lugar era la comida, las hamburguesas y todo lo que tuviera en sus ingredientes pan o tortilla era remplazado con un pan frito estilo “Navajo” que no combinaba muy bien con los alimentos.

Al día siguiente visitamos el South Rim del Gran Cañón, un lugar que no te puedes perder si eres amante de la naturaleza, es de esos lugares que te deja pensando por meses qué haces viviendo en una ciudad pudiendo admirar tantos lugares tan extraordinarios como el Gran Cañón.

Nos adentramos para dormir en el Maswik Lodge, un lugar que parecía campamento ya que estaba rodeado de árboles y con habitaciones muy temáticas de acuerdo al lugar.

La última parada fue de nuevo Las Vegas pero esta vez dejamos las motos y nos hospedamos en un típico hotel de las vegas con casino, bebidas, alberca etc.

Creo que el cansancio nos ganó a mi padre y a mi ya que esos días en el hotel en lugar de vivir el ambiente de Las Vegas la pasamos durmiendo y descansando, pero pude conocer por primera vez cómo era la vida en la famosa ciudad de Nevada.

Haciendo un recuento de lo que me dio esta experiencia. puedo decir que para mí fue uno de esos viajes que te cambia la vida, me cambió porque me hizo estar tanto tiempo con mis pensamientos, recorrer carreteras hermosas, sentir el viento, las curvas, el clima, pude sentir que era libre, que aunque teníamos todos los puntos a visitar planeados sentía como que nos movíamos sin rumbo alguno, explorando y conociendo todo lo que el mundo tiene para ofrecernos, fue un viaje que sólo me hizo amar mas el arte de las motocicletas y me dejó con hambre de más.

-The Wanderer

 

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